Tras dos jornadas vividas en las que al cofrade y al ciudadano tanto le ha costado encontrarse, el Martes Santo pareció convertirse en un guiño a la Semana Santa de siempre; a la rutina repetida cada año, siempre distinta; al hábito heredado. Y al regreso del protagonismo de calle Carretería, pese a las notables ausencias de Nueva Málaga y El Perchel. Pero existen matices, claro: cuando las primeras cofradías inician su camino de regreso, la sensación de vacío se agudiza con el nuevo Recorrido oficial que, dada su extensión, alberga casi tres cofradías y restringe en mucho el acceso al público general.
De hecho, la crisis de la permeabilidad ha explotado en sólo dos días de procesiones, con el alcalde reclamando soluciones a la Agrupación de Cofradías. Durante la ofrenda municipal a la Virgen de las Penas, el primer edil hizo unas declaraciones en las que se vislumbra su temor a que el malestar de tantas personas por el nuevo Recorrido oficial pueda salpicarle en las próximas elecciones. No en vano, es corresponsable junto al ente agrupacional. La triste realidad es que la imagen que está exportando la Semana Santa de Málaga no es la más deseada, y para ello basta con mirar lo que se dice en las redes sociales.
La jornada acumuló algo de retrasos en su segunda mitad y los pagó la Estrella, que salió aproximadamente media hora tarde del Recorrido oficial, aunque regresó arropada teniendo en cuenta que pasaban las dos de la mañana, y además, al final casi logra ponerse en hora. Las estampas de mayor sabor nazareno se vivieron en la Victoria. Si ver bajar al Rocío por el Altozano es una explosión de alegría, el retorno por la calle Victoria es la comunión perfecta de un barrio con su Hermandad. En su debida proporción, esta realidad se pulsa cada vez con mayor arraigo en Nueva Málaga, dando sentido a todo; debería llegar pronto el salto definitivo de su cortejo, aún hoy modesto en nazarenos, si bien los que llegaron, hacia las cinco de la mañana (el encierro terminó a las 5.50 horas), lo hicieron de manera impecable y compacta, y abrigados en la calidez de sus vecinos.
Las cofradías ofrecieron buenas sensaciones y el uso de calle Carretería fue la medicina perfecta para minimizar los tapones experimentados, por ejemplo, el Lunes Santo. La primera salida de las Penas tras sus esperadas elecciones centró parte de las miradas y la cofradía, a grandes rasgos, mantuvo su sello reconocible. Eso sí, lo que no es capaz, históricamente, es de darle continuidad al estilo musical de la Dolorosa, esta vez ofreciendo un sustancioso paso atrás; el mismo que dio adelante la Estrella en todos los sentidos, empezando por protagonizar la imagen del día con su salida desde la iglesia de Santo Domingo, y terminando con un regreso apiñado y ordenado, eso sí, inexplicablemente a la casa hermandad: lugar lejano, inhóspito, horrendo y con poca visibilidad para el público. Tanto el Rescate como la Sentencia hicieron gala de una cuidada y brillante puesta en escena, tan habitual, afortunadamente, como impensable hace años.
La anécdota -y el consiguiente susto– recayó en el Rocío: un pabilo prendió el encaje del manguito izquierdo del vestido de la Novia de Málaga, provocando un fuego que, aunque rápidamente sofocado, afectó a la policromía de la mano de la imagen de Pío Mollar. Ocurrió en Cisneros, pero ya en Carretería, minutos antes, de nuevo un pabilo ardiendo cayó entre los candeleros del trono. Otra luz, eléctrica, llegó a la plaza de la Marina en forma de foquitos sobre las tribunas. Pero el verdadero lucero está ya en su Capilla del Puente, toda de luto, esperando que le devuelvan la visita.