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OPINIÓN / TRIBUNA

Unas palabras resuenan con un profundo eco: “Suyo es el tiempo y la eternidad”. ¡Esa es la única verdad!, Él lo es todo, ¡ha resucitado! Es el triunfo de la vida, del bien sobre el mal, es la hora de la Iglesia… Hace apenas unas horas que enarbolamos en alto al Cirio pascual como una bandera de victoria, lo hicimos con el templo a oscuras: símbolo de la oquedad del mundo sin Dios, espacio de tinieblas sin el Esposo. “La luz de Cristo que resucitó glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espíritu.” Ha vuelto la luz y la Iglesia canta al Vencedor de la muerte.

Ha resucitado Cristo para cada hombre. Resuena el Aleluya, las campanas anuncian al mundo la victoria de Cristo ¡Cristo ha resucitado! Y es tiempo de Gloria, es el tiempo del Espíritu, caminamos hacia Pentecostés, lo hacemos con la mirada puesta en el gran día de todos los cristianos: el Corpus Christi.

Es Pascua. Es la revelación plena del compromiso de Dios con el hombre. Ha llegado la palabra definitiva de Dios. "No busquéis entre los muertos al que vive". Hasta aquí hemos ido asomándonos a una historia que parece tremendamente exigente, trenzada con dolor, con cruz, con encrucijadas en las que no es fácil elegir lo que parece correcto. Podría decirse que todo invita hasta aquí a una seriedad definitiva, a una solemnidad absoluta y a una circunspección inevitable y sin embargo es la celebración de la resurrección lo que ilumina con fuerza invencible todo lo anterior: la palabra última de Dios es una palabra de vida. La muerte no ha vencido al Justo. La cruz está vacía, y las víctimas de la historia están desclavadas. Hablamos entonces de salvación y de liberación. La sombra y las tinieblas dan paso a la luz, la noche al día, el llanto al júbilo.

Somos pueblo de Dios, pueblo elegido y salvado, pueblo sacerdotal y en camino que, para alcanzar la tierra prometida, el reino de Dios en su plenitud, debe hacer su peregrinación por el desierto. La oración después de la séptima lectura de la Vigilia pascual invita al mundo entero a admirarse por la acción renovadora que se realiza en la resurrección de Cristo: "que todo el mundo experimente y vea cómo lo abatido se levanta, lo viejo se renueva y vuelve a su integridad primera", porque el Padre realiza en Cristo la obra que había programado en su misericordia.

Esta es la noche gloriosa en la que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende del abismo para ser glorificado como Salvador y Señor del mundo. Esta es la noche en la que la obra creadora de Dios alcanza la plenitud del mundo nuevo. Esta es la noche luminosa de la que nace el día glorioso de la vida inmortal.

La resurrección de Jesús cambia la realidad del mundo y tiene que cambiar también la realidad de nuestra vida. Cambia la figura de este mundo, que ya no es un mundo centrado en sí mismo, sino abierto hacia la gloria de un Dios que ha querido hacernos ciudadanos del cielo, herederos de su gloria como hijos que viven en la casa del Padre y gozan de todos sus bienes. La resurrección de Cristo cambia radicalmente la realidad de nuestra vida: sólo la fe, la esperanza y el amor construyen y levantan nuestra vida hasta la vida eterna. Jesús ha resucitado para nuestra glorificación, es el Camino verdadero y la Puerta abierta que nos lleva hasta el gozo eterno de la resurrección.

La fe en la resurrección nos permitirá ser, con Jesús, luz en las tinieblas, fortaleza en la debilidad, esperanza en el abatimiento. Nuestra vida, pobre y humilde, como es, será una vida importante cuando podamos decir a nuestros hermanos: ánimo, no temas, Cristo camina con nosotros y nos conduce hasta la vida eterna. Por todo ello damos gracias a Dios y glorificamos su santo Nombre.

Es Pascua, es la consumación del misterio de la encarnación. Es la plena revelación del designio eterno de Dios sobre el hombre. Cristo ha resucitado, resucitemos con él. Éste es el corazón de nuestra fe.

Feliz Pascua de Resurrección.

 

· José Manuel Ferrary es vicario general de la Diócesis de Málaga.

Publicado en Opinión / Tribuna
Domingo, 05 Abril 2015

Vivir la alegría pascual

Celebrar la Pascua es motivo de gran alegría, porque Jesucristo ha triunfado sobre el pecado y sobre la muerte. Cristo ha resucitado y vive glorioso: esta es la hermosa noticia de la Pascua, que anunciamos y compartimos los cristianos. Si Cristo no hubiera resucitado no tendría sentido nuestra vida, como dice san Pablo: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe» (1 Co 15, 14).
Cristo resucitado es la fuente de nuestra alegría y de nuestra esperanza. Su obra salvadora ha transformado el mundo y ha renovado al ser humano. La celebración de la Pascua de resurrección coincide con la primavera en la que la naturaleza renace, reverdea y despierta del invierno. También el cristiano renace a una vida nueva y despierta del letargo del pecado.
El papa Francisco nos recuerda lo bello del renacer pascual: «Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable (...) Cada día en el mundo renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia.
Los valores tienden siempre a reaparecer de nuevas maneras, y de hecho el ser humano ha renacido muchas veces de lo que parecía irreversible. ésa es la fuerza de la resurrección y cada evangelizador esun instrumento de ese dinamismo» (Francisco, Evangelii gaudium, 276).
Vivamos la alegría pascual que nos ofrece la Resurrección de Jesucristo y sepamos compartir nuestra fe y nuestra esperanza de un mundo mejor y de una eternidad de alegría y de gloria. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Publicado en Opinión / Tribuna
Domingo, 12 Febrero 2012

Cielo de Resurrección

Ahora que se acercan los días de trasiego para la cinta métrica del capirote, el momento de cuadrar el centímetro exacto del hombro y el varal, el instante en el que más de uno mezcla en sus oídos cuplés y pasodobles con ensayos de bandas.

Ahora el momento llega y los primeros repartos de túnicas y capirotes están en marcha; las iglesias comienzan a lucir sus galas de penitencia, anuncio de la mayores de las alegrías posibles: la Resurrección. No hay pena que valga la pena si no fuese porque el cielo sabe que la resurrección llega. Incluso la Catedral tendrá aroma a Sabana Santa y abierta la Vía Sacra.

Como todos los años tendremos polémica cuaresmera en los quicios de las puertas cofrades, en las barras de los bares y en la red social universal; con artes de jábega, boliche y almadraba. Son tiempos de afinar detalles, de bullas en los talleres y carreras en las cererías. La resurrección es imparable.

¿Y el cielo? El cielo irá a su ritmo, contando las lunas que faltan para la de Nisan; porque la Semana Santa no cae cuando quiere, solo se mece al compás de las lunas del evangelio, la última cena el 14 de Nisan, el 15 la crucifixión y el día 17 la Resurrección, que era domingo. Y por ello tenemos 'Domingo de Resurrección'.

Los cortejos penitenciales abrirán paso a la fe, los tronos llenarán las calles de capillas efímeras, los capirotes dibujarán el zigzagueo barroco y las notas musicales acabarán en le último rincón cofrade. Pasión: el camino, Muerte: el precio, y la Resurrección: el fin.

Publicado en Entornos
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