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OPINIÓN / TRIBUNA
Publicado en Opinión / Tribuna

La albacería del hielo

Salvador Marín Hueso | Viernes, 23 Marzo 2018
Dónde quedó aquella primera procesión en la que apenas podía creer que tanta felicidad pudiera caber en un pecho. Dónde quedó aquella primera procesión en la que apenas podía creer que tanta felicidad pudiera caber en un pecho. ELCABILDO.ORG

Este año, en su mensaje de Cuaresma, el Papa me ha disipado una antigua duda literaria. ¿Por qué Dante en la Divina Comedia, una vez que Virgilio concluye de mostrarle círculo tras círculo el infierno y alcanzan finalmente la morada del mismísimo Demonio, no le encuentran como solemos imaginarle, envuelto en piromanía, sino todo lo contario, aposentado en hielo?

Para glosar a ese Satanás polar de Dante, al Papa le basta con la cita evangélica elegida para encabezar su exhortación cuaresmal: Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría (Mt 24, 12). Una exhortación en la que Francisco se acerca a la globalidad de los males de nuestro tiempo para, poco a poco, ir concentrando y reduciendo el ángulo de visión en torno a los que considera específicos de la Iglesia, entre los que desgrana

…la pereza y la amargura egoístas, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fraticidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse solo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo.

Tras leer las tres escasas páginas del mensaje cuaresmal del Papa para este 2018, mi primera reacción no ha sido la de evocar dicasterios vaticanos. Más cerca he estado, en cambio, de imaginar mesas con candelabros reclinados y trapos acartonados por el limpiaplata, en torno a las que grupos de adolescentes se afanan en sacar brillo mientras, de fondo, una siseante conversación —continuamente repetida y a la que nunca están invitados— les va resquebrajando; mientras, de fondo, un indescifrable rompecabezas verbal alusivo a cálculos, alianzas y facciones, lentamente, imperceptiblemente, torturadoramente, irreversiblemente, les va destruyendo la unión que soñaban entre el gozo de comenzar la vida en plenitud y el hacerlo como cofrades y dentro de su cofradía, sin que puedan protestar porque sencillamente, aunque quisieran, no sabrían cómo hacerlo.

Les imagino, imagino a esos chicos y a esas chicas y también yo paso entonces a escuchar el zumbido de ese corrillo sinuoso. No distingo en él ningún rostro en concreto, salvo uno ante el que no me cabe el engaño: el mío. Lo único que sé es que yo he estado ahí, en ese corrillo, tantas y tantas veces: ¿cómo no reconocerme?

Como en Dante, en nuestra casa-hermandad, en la de todos y en la de ninguno, existe una albacería del hielo. Una albacería donde creemos ir actualizando — perfectamente contabilizadas y registradas, y en dos sólidos percheros—, las túnicas limpias de los vencedores y las llenas de cera de los vencidos, pero es falso, falso hasta lo chapuceramente ridículo.

En la albacería del hielo, lo único que existe es el cielo gris por el que la procesión no ha salido: ese relente de lluvia que nos cala de vuelta a casa muchas, muchas horas antes de lo previsto; muchas, muchas horas antes de haber consumido las energías, las ganas y el trabajo en equipo para el que nos sentíamos de sobra preparados por la mañana.

En la albacería del hielo, lo único que reina es la oscuridad de un dormitorio al apagar la luz, esa oscuridad que deja a un cofrade en la soledad de mirar al techo preguntándose dónde quedó aquella primera procesión en la que apenas podía creer que tanta felicidad pudiera caber en un pecho.

En la albacería del hielo, sólo se extiende, se amplía y se prolonga el insomnio que le provoca a un cofrade el preguntarse si de verdad es cierto, si de verdad nunca más volverá a ayudar a ajustarse la faraona o el capirote a ese hermano o hermana con quien jura y perjura —en cada bar cofrade y tertulia, con la voz segura y el pulso firme— no volver a compartir jamás el mismo tramo, el mismo varal.

En el infierno hace frío, escribió Dante. El mal congela, consagró el evangelio.

Se me ocurre de pronto vislumbrar nuestras candelerías. Entrar bajo los palios que las cobijan, y contemplar los ojos con lágrimas que las reflejan, y así van repartiendo por nuestras calles fuente pura y bosque en llamas, agua limpia y calor nuevo, siempre, siempre nuevo, siempre dando otra oportunidad, por alta y dura y negra que sea la madrugada.

Se me ocurre mirarla.

Modificado por última vez en Viernes, 23 Marzo 2018
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