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OPINIÓN / TRIBUNA
Publicado en Opinión / Tribuna

Sin su grupo escultórico el Resucitado es un elemento totalmente desubicado

José Manuel Torres Ponce | Jueves, 22 Octubre 2015
Detalle de uno de los sayones del grupo escultórico. Detalle de uno de los sayones del grupo escultórico. EL CABILDO

La consecución, por parte del escultor José Capuz (1884-1964) en 1946, del conjunto alegórico de la Resurrección supone, sin lugar a dudas, una de las grandes aportaciones a la plástica escultórica malagueña, con un elevado número de influencias reinterpretadas en clave contemporánea, muy personal y alejadas de los movimientos neobarrocos.

Y decimos bien conjunto, y no mera escultura al referirnos al Resucitado de Málaga, ya que es a modo de grupo escultórico tal y como es concebido y tal y como debiera salir, para evitar la mutilación actual que presenta la lectura iconográfica y formal del mismo. Tan solo de esta forma se puede establecer una interpretación triangular de la composición, en la que el hieratismo presente en el rostro triunfante de Cristo es contrarrestado por el movimiento sugerido por uno de los soldados, en el que podemos rastrear la influencia de la estatuaria clásica, en general, y de la escuela de Pérgamo y la escultura del Gálata moribundo, en particular. En los soldados también existen citas a las formas rotundas de Miguel Ángel y a las de Rodin, así como la tosquedad de los ropajes faltos de policromía y el, apenas, desbastado de la madera se convierten en un recurso de simplificación de las formas que nos enlaza con las soluciones de la estatuaria moderna.

La concepción de Cristo evoca, por un lado, con la representación clásica de un héroe que, tras superar su gran prueba, consigue la gloria; mientras que, por otro, enlaza con las formas helicoidales del manierismo. El mismo presenta una amplia interpretación iconográfica al contar con dos palomas en los pies -firma personal del escultor presente en algunas de sus obras, representación animalística del Espíritu Santo y señal de alianza entre Dios y el Hombre-, la Sábana Santa -tosca en su parte externa y dorada en la interna fruto del contacto con la divinidad, un concepto del medievo que vincula el oro con lo divino-, aparece en actitud de bendecir -rememorando, de esta forma, los cristos en majestad y el pantocrátor medieval-, y están presentes las llagas de la Pasión y la Cruz -no como signo del martirio sino como Arma Christi-.

Sin duda el grupo escultórico, irrazonablemente eliminado de la escena, permite una convergencia de influencias y soluciones personales y contemporáneas, además de una compleja y conjunta lectura, que en ausencia del mismo se encuentra cercenada y hace de la imagen principal un elemento totalmente desubicado.

Por último, tan solo añadir, que indudablemente esta obra de Capuz merece un diseño a la altura del realizado por Fernando Prini: un conjunto que potencie las calidades plásticas de lo representado y cuente con un amplio y complejo contenido teológico que justifique la escena; por ello no sería muy descabellado un replanteamiento del trono concebido en el que tenga espacio la totalidad del conjunto.

 

· José Manuel Torres Ponce es licenciado en Historia del Arte.

Modificado por última vez en Jueves, 22 Octubre 2015
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