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OPINIÓN / TRIBUNA
Publicado en Opinión / Tribuna

¿Quién avisará a los vencejos?

Salvador Marín Hueso | Sábado, 01 Marzo 2014
Vera+Cruz, en las primeras horas del Viernes Santo. Vera+Cruz, en las primeras horas del Viernes Santo. J. A. N.

¿Quién avisará a los vencejos? ¿Quién les llevará el recado de que ya no podrán beber de sus párpados al rayar el alba?

¿Quién? ¿Quién prevendrá a la esquina de Sebastián Souvirón con San Juan de que ya no le engallinará la piel la voz tronante y milenaria de los profetas de Israel? ¿Quién convencerá a las esquinas del aire de que la Palabra de Dios ─ni una sola palabra de hombre, esa fue siempre la norma─ ya no estará a punto para el escalofrío en Félix Sáenz, a esa hora inconfundible en que las mangueras de Limasa licúan el llanto del mundo?

Amanecerá el Viernes sobre todo viernes y ─sin embargo─ no correrá por las venas de la feligresía del Señor Bautista el verde vegetal del Árbol de la Vida, el negro abisal del misterio de todos los misterios: la muerte venció a la muerte.

Los primeros claros del día llegarán desde el Oriente con la sagrada timidez de quien sabe que, en apenas unas horas, la Historia renovará las tinieblas de la hora nona, y volverá a rasgarse el velo del templo. Decidme: ¿quién, quién podrá consolar al primer rayo de luz que se pose sobre la Catedral de la Encarnación cuando compruebe, sin previo aviso, que cinco siglos de memoria, hecha madera en un dulce rostro reclinado, ya no navegan la soledad inmaculada de la amanecida?

¿Y a mí? ¿Quién podrá consolarme a mí? ¿Cómo podré irme a casa, sin más, cuando las todopoderosas pupilas de la Esperanza me hayan clavado ya su flecha de oro y fuego? ¿Qué será de mí cuando asuma finalmente ─cada vez más lejano el bullicio de Santo Domingo─ que el Lignum Crucis ya no me tiene preparada su estela de perfume inasible en la que abandonar razón, conciencia y orgullo; qué será de mí cuando tenga que resignarme definitivamente a la idea de que es un hecho, de que ya Vera+Cruz no es la dueña única e indiscutible de los veneros más profundos del silencio de esta ciudad, de los momentos más desnudamente sagrados de nuestra Semana Santa?

No es que fuéramos pocos en las aceras: es que éramos poquísimos; no es que costara mucho sacar el cortejo a la calle: es que era un auténtico sacrificio.

Ésa era la cruz (la cruz, sí, de qué otra cosa podía tratarse bajo su propia advocación) del misterio verde y negro que Fusionadas nos regalaba madrugada tras madrugada y amanecer tras amanecer del Viernes Santo: la cruz de la soledad en Getsemaní, pues todos los discípulos dormían; la cruz de la desnudez; la cruz de la voz que clama en el desierto, pero sabe que nada para el Padre transcurre en vano, que para nada necesita el Padre de multitudes y comodidades cuando lo que se le ofrenda es el frío de unos pies desnudos, la franciscana austeridad de un cortejo ignorado y por ello mismo valiente y transgresor hasta la médula, la inquebrantable fidelidad de quien no necesita de aplausos, televisiones y crónicas periodísticas para desnudarle su corazón y hacer pública catequesis a las esquinas vacías. Sí, a las esquinas vacías: ¿o es que de verdad creemos que una esquina vacía es una esquina en la que no hay nadie; de verdad creemos que lo invisible, lo impalpable, lo secreto, no está repleto de energía y presencia "hasta decir basta"?

Este humilde amante de la Vera+Cruz según Fusionadas que hasta ahora tuvo la dicha de conocer, va mucho más allá de las intrahistorias "casa-hermandad adentro"; va mucho más allá del enorme cariño que los nazarenos verdi-negros han volcado en él en los últimos años.

Este humilde cofrade siente cómo se le desgarra algo muy íntimo por dentro cuando recuerda a aquel jovenzuelo aprendiz de poeta sentado en un poyete de calle San Juan, leyendo poemas de George Herbert en el clásico Poetas metafísicos ingleses del siglo XVI de Maurice y Beatrice Molho, en espera de que, en cualquier momento, la cruz-guía pertrechada de su inconfundible sudario apareciera y, tras ella, los espectros hechos carne y la carne hecha espectros volvieran a reconciliarle con el Dios del silencio, el Dios de la austeridad, el Dios que trabaja su luz en la sombra al margen de los ojos del "gran mundo", el mundo que a esas horas ya estaba acostado en su casa tras apagar Procono o abandonar la tribuna oficial.

Este humilde cronista dejó escrito una vez que Vera+Cruz según Fusionadas era, sencillamente, la balanza de la Semana Santa de Málaga en la que quedaban equilibrados todos sus excesos y todos sus defectos. De golpe, la balanza se ha roto. De golpe, Isaías ha sido silenciado. De golpe, silencio y soledad ─las exigencias irrenunciables de cualquier experiencia de encuentro decisivo con la divinidad─ quedan clausuradas en la amanecida santa del Viernes de nuestra Redención.

Y, aun así, una cosa habrá que dejar clara: nos podrán robar el presente y el futuro ─y de hecho lo hacen─, pero jamás la memoria, que es la glucosa del alma. Y si pasan las generaciones y llega un momento en que nadie recuerde cómo era aquella Vera+Cruz que algunos amamos con todas nuestras fuerzas, que nadie se engañe: con Benedetti, algunos sabemos que el mismísimo olvido está hecho de memoria.

¿Quién? ¿Quién avisará a los vencejos?

¿Quién, hermanos de San Juan Bautista, vendrá a ponerme este Viernes Santo tiritas en el corazón?

Modificado por última vez en Sábado, 01 Marzo 2014
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(18 votos)

Comentarios   

+1 #3 Maximoo 12-04-2014 10:33
Muy buerno
+2 #2 Tartufo 04-03-2014 22:50
Un artículo magnífico. La Semana Santa está huérfana de historia con este cambio.
+10 #1 Jose Manuel Leiva 01-03-2014 18:06
Pues sí, una de las grandezas del Señor de la Vera+Cruz era su soledad.

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